June 12, 2009

Absorbed in Magnetic Island | Day 1

Aprovechando que llegamos temprano de vuelta del Undara, se nos ocurrió hacer unos cambios de último minuto. Mi plan original era viajar al día siguiente a Townsville para quedarnos una sola noche; a la mañana siguiente visitar Magnetic Island por el día; luego seguir rumbo a Airlie Beach. Pero el ritmo de viaje nos tenía un tanto cansadas, ya que los trayectos entre destinos estaban saliendo harto más largos de lo que pensaba, obligándonos a madrugar cada día.

Resolviendo el dilema de qué lugares dejar fuera de itinerario, y con una mentirilla piadosa para suspender el hostal reservado, optamos por quedarnos 2 noches –con posibilidades de extenderlo a 3– en Magnetic Island, una isla de la mitad del tamaño de Isla de Pascua (pero muy prometedora), a tan sólo media hora de Townsville.

La mañana siguiente volvimos a levantarnos alrededor de las 7am, para tratar de llegar lo más temprano al ferry. El viaje de 3 horas fue tranquilo, nada especial, más cañas de azúcar y más canguros atropellados en el camino. Excepto por un único sobresalto: tuvimos la suerte de que se nos cruzara una avestruz, esas que tanto nos advertían para evitar un trágico atropello.

La mamá manejó todo el primer tramo hasta que llegamos a Ingham, la ciudad más próxima a Townsville. También todo salió perfecto al entrar a la gran ciudad. Gracias a que el día anterior había memorizado el mapa de calles en Google Earth, logré llegar al ferry para vehículos sin mucha dificultad, y mejor aún, justo a tiempo para la salida de las 12:30pm.

Antes de llegar al otro lado, ya estábamos convencidas que habíamos tomado lejos la mejor decisión de todas. Tan sólo con observar el color turquesa del agua, ya no podíamos más de emoción.
Una vez en la isla, nos dirigimos hacia Picnic Bay donde se ubicaba nuestro hostal, Tropical Palms Inn. El nombre suena mucho más pomposo de lo que realmente es, pero la sencillez del lugar bastó y sobró para las tres noches que, sin dudar, pagamos al momento del check-in.

Inmediatamente después instalar, una vez más, nuestro desorden ambulante, salimos con mapa en mano a explorar la isla. Habían muchas cosas por hacer; principalmente senderos, miradores y playas, cada uno de ellos con algo que los distinguía de los demás.

Para no extraer toda la energía de una sola vez, decidí que nuestro primer recorrido sería una caminata corta, de una hora, hacia el mirador de la bahía donde estábamos. En el camino nos encontramos con las primeras muestras de la fauna que abunda en la isla: mariposas, cacatúas, lagartijas y otros animales y bicarracos desconocidos. Al llegar arriba, esto fue lo que vimos.
Terminando el recorrido, nos dispusimos para la siguiente actividad: puesta de sol en el lado oeste de la isla, para la cual estábamos justo a tiempo. Esta vez motorizadas, tomamos la angosta ruta que bordeaba la costa, hasta que veinte minutos después llegamos al punto más lejano. Nos bajamos del auto un tanto incrédulas de qué tanto podíamos ver desde ese lugar. Detrás de uno árboles alcanzábamos a ver un pedazo de playa y luego el mar; entonces caminamos en esa dirección, deduciendo que ése era el spot donde debíamos observar.

Al avanzar un par de metros, apareció ante nuestro ojos un panorama mucho más espectacular de lo que pensamos

Ahí me volví loca sacando fotos, jugando con las luces y aprovechando el ánimo poseron de la Cata –que últimamente cambia con la dirección del viento.

Aprovechando ya los últimos ocho minutos de luz, partimos de vuelta, para poder esquivar todos los hoyos en el suelo. Y con la suerte que tenemos, se nos cruzó nuestro segundo animalillo: un puerco espín que avanzaba a “toda velocidad”… casi igual que tortuga.

Ya contentas con haber hecho esos dos recorridos, nos fuimos a descansar… era necesario recuperar energía para todas las actividades que nos quedaban en los siguientes días. (To be continued)

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