June 18, 2009

Almost The End: Airlie Beach

Continuando con la Ruta de la Caña de Azúcar, salimos de Magnetic Island la mañana del onceavo día, ansiosas por llegar a Whitsundays a descansar –tendidas guata al sol– sobre arena blanca. Tras un poco más de tres horas de viaje, llegamos al pequeño y pintoresco pueblito. A la Cata se le activaron todas las antenas al darse cuenta que Airlie Beach (el pueblo principal de Whitsundays) era de su completo gusto: un lugar entre un Pucón en miniatura y un Reñaca con más tiendas por recorrer. 

Cuando encontramos nuestro "resort"  –que no estaba en Airlie Beach, sino en Cannonvale; y tampoco se imaginen nada pomposo– tiramos todo dentro de la pieza y salimos a deborar comida chatarra por primera vez. Mc Donald's o Hungry Jack's (Burger King en el resto del mundo) no era muy tentador para mi, pero consideré que una marca australiana valía la pena. Así, las llevé a Red Rooster, donde las papas fritas son lejos las mejores que he probado en la industria de las fast -foods.

Después salimos a caminar por la laguna artificial frente a la costa, aprovechando las pocas horas de sol que quedaban.

Pero todo lo bueno de Whitsundays no está exactamente en Airlie Beach, sino en las 74 islas justo al frente, en la extensa Gran Barrera de Coral. Por esta razón, y a pesar de los deseos de la Cata por quedarse a hacer vida social en Airlie Beach, la mamá y yo consideramos que no podíamos perdernos la oportunidad de conocer aunque sea una de las famosas playas de ensueño. Comprarmos tickets 2x1 para tomar un ferry al día siguiente, y luego nos entregamos al típico shopping veraniego: anteojos de sol para mi, bolso de mano para la Cata, y productos de belleza varios.

La mañana siguiente de verdad que tuvimos que madrugar. Nos pasaron a buscar puntualmente a las 7:10am para llevarnos al terminal de ferries, desde donde cruzamos un poco más tarde a Hamilton Island. Todo mis lamentos por haber olvidado mi cámara de fotos en la pieza se pasaron cuando llegamos al otro lado. El entusiasmo fue más grande aún cuando arrendamos –igual que todo el mundo– un "buggy" para movilizarnos más rápido. 
La isla era un poco confusa, llena de callecitas cuesta arriba y abajo, con muchos resorts de lujo (no como el nuestro en Cannovale), pero finalmente encontramos una playa donde echarnos a tomar sol.

Al poco rato ya era hora de volver al puerto para tomar otro ferry que nos llevaría a Whitsunday Island, la isla más grande de toda la Gran Barrera. El destino exacto fue Whitehaven Beach, la playa con la arena más blanca y suave que jamás hayamos pisado. Ahí nos quedamos otro par de horas, haciendo nada más que absorber sol, leer, escuchar música y bañarnos en el mar.

Finalmente, llegamos esa tarde de vuelta a nuestros aposentos con una sensación de semi-nostalgia. Teníamos una sola cosa por hacer y era dejar todo empacado, listo para tomar nuestro vuelo de regreso a Sydney al día siguiente... a pesar que todavía nos quedaban un par de noches, la sensación era que la aventura ya se había acabado, casi.

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