Continuando con la Ruta de la Caña de Azúcar, salimos de Magnetic Island la mañana del onceavo día, ansiosas por llegar a Whitsundays a descansar –tendidas guata al sol– sobre arena blanca. Tras un poco más de tres horas de viaje, llegamos al pequeño y pintoresco pueblito. A la Cata se le activaron todas las antenas al darse cuenta que Airlie Beach (el pueblo principal de Whitsundays) era de su completo gusto: un lugar entre un Pucón en miniatura y un Reñaca con más tiendas por recorrer.
Pero todo lo bueno de Whitsundays no está exactamente en Airlie Beach, sino en las 74 islas justo al frente, en la extensa Gran Barrera de Coral. Por esta razón, y a pesar de los deseos de la Cata por quedarse a hacer vida social en Airlie Beach, la mamá y yo consideramos que no podíamos perdernos la oportunidad de conocer aunque sea una de las famosas playas de ensueño. Comprarmos tickets 2x1 para tomar un ferry al día siguiente, y luego nos entregamos al típico shopping veraniego: anteojos de sol para mi, bolso de mano para la Cata, y productos de belleza varios.
La mañana siguiente de verdad que tuvimos que madrugar. Nos pasaron a buscar puntualmente a las 7:10am para llevarnos al terminal de ferries, desde donde cruzamos un poco más tarde a Hamilton Island. Todo mis lamentos por haber olvidado mi cámara de fotos en la pieza se pasaron cuando llegamos al otro lado. El entusiasmo fue más grande aún cuando arrendamos –igual que todo el mundo– un "buggy" para movilizarnos más rápido.
Finalmente, llegamos esa tarde de vuelta a nuestros aposentos con una sensación de semi-nostalgia. Teníamos una sola cosa por hacer y era dejar todo empacado, listo para tomar nuestro vuelo de regreso a Sydney al día siguiente... a pesar que todavía nos quedaban un par de noches, la sensación era que la aventura ya se había acabado, casi.
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